El sol brilla; su calor está suavizado por la altura y su luz amplifica la vegetación.
De repente, un posible abismo aparece: un poro de la tierra en toda su gloria, un recordatorio del infinito poder de la naturaleza.
“En el Boquerón pareciera que se puede tocar el cielo con tan solo levantar las manos”, dice José Martínez, un salvadoreño que sirve de guía en este Parque Nacional, ubicado a 7 kilómetros al oeste de San Salvador, la capital salvadoreña.
Diversas aves exóticas vuelan alrededor de la pendiente y de los cráteres del volcán, cuya cima alcanza los 1.839 metros sobre el nivel del mar.
Durante los años previos a la conquista española en el Siglo XVI, el volcán era conocido como “Quezaltepeque,” o “Lugar de los Quetzales”, en referencia a la abundancia de Quetzales, un ave exótica de largas plumas autóctona de América Central.

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